ORACIÓN AL ESPÍRITU SA/VTO

Espíritu Santo, dulce huésped del alma,

muéstranos el sentido profundo del Gran Jubileo

y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,

en la esperanza que no defrauda,

en la caridad que no espera recompensa.

 

Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios,

memoria y profecía de la Iglesia,

dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret

el Señor de la gloria, el Salvador del mundo, la culminación de la historia.

 

¡Ven. Espíritu de amor y de paz!

 

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,

guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones

para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio

y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva.

 

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo,

ven y renueva la faz de la tierra.

Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,

para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento

de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

 

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

 

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados
colaboren juntos en la edificación del único Reino de Dios.

Evangelio: Juan 14,1-12
           En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ' No os
inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí.    En la
casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo
habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar.   Una vez que
me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré
conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo.   Voso-
tros ya sabéis el camino para ir adonde yo voy.
   Tomás replicó:
- Pero, Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo vamos a
saber el camino?
  Jesús le respondió:
- Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar
hasta el Padre sino por mí.
  Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.
Desde ahora lo conocéis, pues ya lo habéis visto.
a Entonces Felipe le dijo:
- Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta.
   Jesús le contestó:
- Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces,
Felipe? El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo me pides que os
muestre al Padre?    ¿No crees que yo estoy en el Padre y el
Padre en mí? Lo que os digo no son palabras mías. Es el Pa-
dre, que vive en mí, el que está realizando su obra.   Debéis
creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre
está en mí; si no creéis en mis palabras, creed al menos en las
obras que hago.    Os aseguro que el que cree en mí hará tam-
bién las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque
yo me voy al Padre.

MEDITATIO
Jesús se manifiesta como camino, verdad y vida, y se
entrega a nosotros a fin de que podamos alcanzar la ver-
dadera y plena libertad ofrecida a los hijos de Dios para
entrar en la heredad eterna. Se dirige a nosotros interro-
gándonos sobre la profundidad de nuestra relación con
él. Es posible, en efecto, ser cristiano, comulgar, parti-
cipar en todas las peregrinaciones y en todas las inicia-
tivas y, sin embargo, no llegar nunca a conocer a Jesús,
permaneciendo siempre en la superficie. Conocer a Je-
sús significa, más bien, experimentarlo interiormente,
reconocer que él es el Hijo enviado por el Padre para
salvarnos, la expresión del amor infinito de Dios por no-
sotros. Todo eso es posible sólo mediante la fe.
Creer es confiarse. No es comprender racionalmente;
es acoger, dar crédito, encontrarse con el Señor y consi-
derarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de
nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acon-
tecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia
de comunión -es decir, de abandono de nosotros mis-
mos en aquel que nos ha incorporado a sí mismo en el
bautismo- no podremos decir que conocemos plena-
mente a Jesús y, en él, al Padre. Ahora bien, para esto
nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite ca-
minar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone
todo para nuestro bien.